RELATOS RURALES : Las razones por las que Ernesto dejó de vivir en paz
LAS RAZONES POR LAS QUE ERNESTO DEJÓ DE VIVIR EN PAZ.
Juan Carlos Santa Cruz 2005
Ernesto ( Ernesto José Ibarra Gaitán) había nacido en el medio rural, y su vida había transcurrido en él. Casi todo lo que poseía lo había recibido por herencia de un tío abuelo, el extinto coronel de origen salvadoreño apellidado Menjívar. Podría considerarse un productor con las limitaciones propias de la tecnología atrasada, pero que vivía en forma desahogada.
Manejaba una finca de unas 500 manzanas las que explotaba exclusivamente en actividades relacionadas con la ganadería de leche. La finca tenía excelente abastecimiento de agua para el ganado ya que estaba atravesada por un río de unas dos cuadras de ancho.
A los 25 años se le veía como un hombre de más edad. Moreno, fornido, con una cicatriz muy marcada en la sien, producto de una patada que le había dado un caballo cuando aún era niño.
El trabajo en la finca siempre fue duro, como el levantarse a las tres de la mañana para ordeñar alrededor de cuarenta vacas, y otras veinte por la tarde. Todas las mañanas Ernesto procedía a distribuir la leche casa por casa en el centro poblado cercano. Montado en su carretón tirado por un caballo iba todos los días forjando su futuro.
El tiempo fue transcurriendo, y con él fue en aumento el capital en la finca lechera, llegando a tener hasta 60 vacas en ordeñe, dos carretones de distribución de leche, y tres trabajadores asalariados, permanentes.
Fue en la ruta de distribución de leche que conoció a Luisa la que luego sería su esposa. Ella era una joven muy agraciada, de penetrantes ojos negros. Con ella procrearon tres hijos.
Las labores del hogar y el cuidado de los hijos la ocuparon durante los primeros años. Ernesto jamás permitió que ella participara en las tareas relacionadas con la extracción y distribución de leche. Era un hombre de vida sencilla, con pocas luces respecto a su formación educativa. Apenas había llegado hasta tercer grado de enseñanza primaria. No concebía otra vida que la que conocía, y ahí terminaba su perspectiva.
Luisa Poveda provenía del seno de una familia humilde de extracción campesina, que luego se trasladaron a la ciudad y se habían ligado a un ambiente menos rudo que el rural.
Había que ver aquella pareja para reafirmar el dicho de que “sobre gustos no hay nada escrito”. Ella era ambiciosa, quería salir de aquel medio con olor a vaca y estiércol, olor que parecía haber impregnado todo, incluyendo la ropa y la piel de su propio marido.
No deseaba tener más hijos, y así se lo planteó a Ernesto, el que aceptó la decisión aunque notoriamente contrariado.
Ella quería vivir más plenamente y con más esparcimiento. El casi entendía la idea, pero le era difícil romper escollos de esta naturaleza, y era evidente que no estaba preparado para hacerlo. Vivían a unos 15 km . de la ciudad , no tenían luz eléctrica ni agua corriente. Nunca salían en la noche porque había que madrugar. Vivían aislados sin estarlo.
Todo indicaba que Luisa cada día estaba más contrariada, aunque ello no se reflejaba en las relaciones con Ernesto, y más bien éste estaba convencido que vivían profundamente felices, además que su capital había aumentado, no tanto en numero de vacas sino en cantidad de leche comercializada.
La disciplina laboral llevó a que los servicios de Ernesto fueran contratados por el dueño la finca más fuerte del lugar para la distribución de su producción de leche con un porcentaje sobre venta.
El dueño de la finca era un empresario, Ingeniero Agrónomo con una maestría en Estados Unidos.
Al cumplir el primer año del negocio entre el empresario, Don Luciano Jiménez Poveda, aunque sin relación familiar con Luisa, invitó a almorzar a Ernesto junto a Luisa .
A Ernesto, a veces le costaba ubicarse y esta oportunidad se le vio más desorientado que nunca, respecto a las relaciones sociales. La esposa de Don Luciano, y éste platicaban animadamente con otro empresario, Don Danilo, que era vecino del lugar, y que también había sido invitado al almuerzo.
Luisa se integró fácilmente al grupo, pero Ernesto se estaba aburriendo, de manera que le pareció oportuno ir a platicar un momento con un peón que había trabajado en su finca y que ahora era capataz de don Luciano.
En este almuerzo y esta conversación de sobremesa se había sellado el futuro de Ernesto y el de su familia.
La esposa de Don Luciano quedaría sola en las vacaciones de sus hijos, los que partirían de viaje a los Estados Unidos durante un mes, motivo por el cual solicitó autorización a Ernesto para que Luisa le hiciera compañía durante el mencionado mes. Efectivamente, la respuesta de Ernesto no se hizo esperar, y sin siquiera consultar a Luisa le respondió que en el transcurso de esa misma semana tendría junto a ella a Luisa y sus tres hijos.
Luisa aceptó la invitación, y todos se trasladaron en el automóvil de la esposa de don Luciano, hacia la casa de éste y por el tiempo convenido.
Fue un mes inolvidable para Luisa y sus hijos pues gozaron de las comodidades que le son objetivamente negadas a los sectores medios y bajos. No olvidaría ella y los niños los continuos viajes en avioneta para visitar varias fincas de Don Luciano que estaban esparcidas en la región, o las veces que fueron a pasear en yate, o las cenas en la ciudad mientras Ernesto dormía. Fue como conocer un mundo que ni siquiera imaginaban que existiera.
En este mes Luisa no respiró el olor a estiércol y a vaca que tanto le contrariaba. La esposa de Don Luciano les compró ropa a ella y a sus hijos. Fue en este mes que el amigo de Don Luciano, Don Danilo Valenzuela Valenzuela, un distinguido empresario nacido según dicen en Europa, con fuertes inversiones en el país y en el exterior la llenó de halagos, ponderando su belleza, primero por teléfono y luego personalmente. Fue en ese mes que entablaría relaciones con consecuencias fatales para el vínculo de ella con Ernesto.
Regresaron a la casa, y pese a la diferencia a la vida diferente y los halagos de ese mes Luisa permaneció muy discreta. El germen de la discordia estaba engendrado, pero ella no lograba darle una forma acabada.
Desde ese momento el ritmo de Luisa cambió, porque prácticamente todos los días se montaba por las mañanas en el carretón con Ernesto y se quedaba en la casa de Don Luciano y regresaba por las tardes con Ernesto, y a veces la traía la esposa de Don Luciano.
Su mundo social se había transformado. Seis meses después de aquel almuerzo Ernesto y Don Luciano tuvieron la oportunidad de sentarse nuevamente frente a frente con Don Danilo, el amigo y socio de Don Luciano, que a la postre quedaría al frente del negocio, porque Don Luciano había sido electo Diputado. Don Danilo fue muy amable, y así lo percibió Ernesto al comentárselo a Luisa. No había ninguna razón para que nada cambiara. Eso parecía, sin embargo días después los hechos se dieron de una manera desagradable y grosera.
Una mañana después de finalizar la distribución de leche, regresaba Ernesto hacia su casa. Al pasar por el puesto de policía ubicado a la salida de la ciudad, dos policías portando armas largas le ordenaron que detuviera el carretón y que descendiera. Se le ordenó que ingresara al recinto policial, ya que el oficial de turno tenía que hacerle algunas preguntas.
En la Estación de Policía se había registrado una denuncia contra Ernesto relacionada con mal trato desmedido contra los animales , especialmente contra vacas y terneros a quienes según la denuncia castigaba con tanta saña que provocaba el llanto desesperado de los niños, quienes estaban sumamente afectados por estos actos vandálicos. La denuncia estaba firmada por su propia esposa, Luisa Poveda de Ibarra. No había dudas que era ella.
Ernesto se preguntaba la razón de la denuncia, pero no lograba una respuesta satisfactoria. A Luisa la habían asesorado, que lo primero era lograr desestabilizar emocionalmente a Ernesto, y esto sin duda apuntaba en esa dirección.
La respuesta de Ernesto fue tajante, esto es Sr. Oficial, una equivocación o una patraña, que cuando llegue a mi casa aclararé. Luisa con sus 21 años y deseosa de romper con ese círculo que la ahogaba ya había accedido a la primera relación con Don Danilo y estaba ilusionada y en espera de lo prometido por éste audaz Don Juan, que a sus 55 años no perdía oportunidad de aventurarse por senderos poco claros.
La policía al registrar la primer denuncia había procedido a advertir sobre lo negativo que para la imagen de Ernesto eran estos hechos, que acababan de denunciarse.
Al día siguiente muy temprano se hizo otra denuncia contra Ernesto, pero esta vez las cosas se habían complicado porque la esposa argumentaba que se procediera a detener a Ernesto para que se le analizara síquicamente porque estaba convencida que se encontraba frente a un enfermo mental. Afirmaba que en un ataque de histeria Ernesto sólo atinaba a tomarse la cabeza con las dos manos y se quejaba de un tremendo dolor que tenía en el lado que le había pateado un caballo cuando pequeño.
A partir de este momento entran a jugar otros elementos que jamás pasarían por la mente de Ernesto.
Los trámites de detención preventiva de Ernesto fueron iniciados y ejecutados el mismo día por solicitud de Luisa, su esposa. Lo detuvieron llegando a su casa y en la presencia de los niños.
Ese mismo día se formó una Junta de tres médicos que dictaminó el internamiento de Ernesto en un hospital siquiátrico. Habían analizado el caso y no había vuelta de hoja., según decían.
Dos policías llevaron a Ernesto hasta la capital y allí procedieron a internarlo en un hospital para alienados mentales. Uno de los policías comentaba que tuvo incidentes constantes en el viaje porque Ernesto afirmaba a gritos que no estaba loco, que todo era fruto de una lamentable equivocación y que se lo permitieran probárselo quitándole las esposas que le amarraban las manos.
En el hospital comenzó una etapa de la vida de Ernesto que nunca olvidaría.
Le amarraron y le dieron varios choques eléctricos, decían que para tranquilizarlo, pero según se sabe esto les afecta bastante a quienes lo reciben.
Transcurrió un mes para que la familia de Ernesto hiciera los primeros contactos en la capital. Después de una serie de diligencias realizadas por un sobrino de Ernesto, llamado Esteban, estudiante avanzado de leyes, se comenzó a descubrir algunos de los hilos de la gran trama que envolvían el complejo asunto.
En primer lugar quien llevó a adelante el trámite de la prisión preventiva de Ernesto y su envío al hospital siquiátrico fue el empresario Don Danilo que lo había tramado todo con Luisa. Este señor utilizó toda su influencia local para que los médicos decidieran el internamiento de Ernesto.
También impulsó el segundo paso que consistía en buscar apoyo en el hospital siquiátrico para confirmar el dictamen realizado por médicos generales, esto es, que no eran siquiátras. El segundo paso fue más difícil para Don Danilo que no vivía en la capital, en tanto que Esteban ya se había apersonado al Jefe de Sala que era un siquiátra muy afamado y le había comentado el caso paso a paso.
Comentaba Esteban que llegó al hospital y solicitó el expediente de Ernesto para consultarlo y no se lo entregaron. Esteban quedó un tanto preocupado y le solicitó una sugerencia a Ernesto quien le dijo que hablara con el Diputado Don Luciano, que parecería que había mantenido prudente distancia en el incidente.
Esteban estuvo una semana esperando que Don Luciano lo atendiera pero por diversos motivos no logró hablar con él, pero logró un buen acercamiento con su hermano que era el secretario personal de Don Luciano. Ambos se dirigieron al hospital y el hermano de don Luciano hizo valer su responsabilidad administrativa , y ahí pudieron confirmar la acción criminal del empresario Don Danilo.
Los trámites se fueron haciendo lentamente. Mientras tanto, las vacas de Ernesto se esfumaron de la noche a la mañana. Todas fueron “compradas” por Don Danilo. Doña Luisa, lo primero que hizo fue comprarse un carro, y ese mismo día se tiñó el pelo de rubio, como le gustaba a Don Danilo. Según se pudo averiguar, el resto del dinero pasó a manos de Don Danilo, que entregó una parte a los médicos que se prestaron para el sucio juego de la “demencia “ de Ernesto. De la finca sólo pudieron vender 320 manzanas pues las restantes les correspondía a los hijos. El ganado había seguido un trámite distinto pues había una carta de “deuda” de Luisa con Don Danilo, la que fue pagada íntegramente.
Mientras tanto en el hospital le ocurrían los percances más lamentables al pobre Ernesto, que sin ser enfermo mental era tratado como tal, y debía convivir con quiénes si lo eran. Pronto sobresalió como trabajador cuerdo y respetuoso, así que le asignaron tareas externas de albañilería y pintura en los demás centros médicos y en algunas casas de personal del hospital.
Seis largos meses transcurrieron para que el caso pudiera ser analizado a conciencia por el Jefe de Sala, y una Junta de Especialistas. El resultado fue unánime, favorable a Ernesto. De inmediato procedieron a otorgarle el alta, dado que su salud mental era normal.
Regresó Ernesto con la preocupación del estado de su familia y el de su finca. Venía acompañado por su sobrino Esteban, pero éste solamente lo dejó en el portón de la finca porque tenía un examen de graduación de abogado en esos días.
Nadie lo recibió. No había nadie en la casa. Le llamó la atención no ver al ganado lechero pastando en los alrededores, pero, eran muchas las cosas que tenía en mente para hacer demasiado énfasis en una de ellas.
Abrió la puerta, la que no tenía llave. Esta fue su primer gran sorpresa, la casa sólo tenía las paredes y el techo, puertas y ventanas. Había un insoportable olor a encierro, y varios hormigueros en su interior.
Aún estaba anonadado, es decir, no atinaba que hacer, cuando sintió que se acercaban unos pasos, y hasta medio se alegró. Era su vecino
Don Fermín Escobar que le puso al tanto de los desbarajustes de su esposa. De sobresalto en sobresalto lo agarró la visita del responsable policial del lugar, el que se hacía acompañar por dos escoltas con armas de guerra.
También después, Esteban se enteraría que este era parte de un plan bien articulado de provocación para hacer perder la calma y el equilibrio a Ernesto. El delegado policial habló en un tono altanero, sin bajar de su caballo. “vea, Sr. Ernesto Gaitán... disculpe soy Ibarra Gaitán, dijo Ernesto, a lo que el policía respondió con voz severa, no me interrumpa!!. Sr. He venido a notificarle que aquí todos vivimos tranquilos, nos llevamos bien, y todo el mundo respeta la ley. A nosotros como autoridad policial nos corresponde velar por la tranquilidad pública, y cuando la gente está enferma, son los médicos los encargados de su atención. Con todo respeto le digo que en los casos de los enfermos que han tenido problemas mentales como usted la atención se da en la capital, porque aquí no hay especialistas. Y a los locos bravos los reventamos a palos terció un policía raso, de los que traía arma de guerra. Su intervención desentonó y era evidente que no estaba programada, porque bastó con una mirada del jefe para que no volviera a intervenir. Tomó la palabra nuevamente el delegado policial, para despedirse: don Ernesto recuerde que somos los responsables de resguardar el orden público y que no permitiremos ninguna alteración del mismo, porque para eso nos pagan. Dicho esto dio media vuelta a su cabalgadura y partió al galope, seguido por sus escoltas. Ernesto no tuvo oportunidad de hablar, sólo escuchó la arenga policial.
Esta vez le dolía la cabeza de verdad, como una traducción de una impotencia sin límites, frente a una dramática realidad.
Don Fermín le ayudó en todo lo que pudo y días después comenzó las gestiones para localizar a sus hijos y permitirles que lo vieran. La entrevista se fijó en una casa elegante de las tantas que tenía Don Danilo. Los niños estaban acompañados por una persona con uniforme de esos que tienen los conductores de vehículos particulares.
Hable con ellos señor, intervino el guardia. Fueron momentos desesperantes ya que ninguno quiso darle un beso, y se mantuvieron como a dos metros muy juntos uno a otro, y por momentos tomados de la mano. Ahí estaban viéndolo fijo de pies a cabeza, y Ernesto sin saber qué hacer. Los ojos se le llenaron de lágrimas y rompió en llantos, y los niños retrocedieron un paso más.
Ernesto estaba desesperado, su esposa en otras manos, sus hijos en otras manos, su capital en otras manos, su felicidad esfumada y sus nervios por colapsar.
Llévelos señor logró decir Ernesto, a lo que el chofer le respondió que aún le quedaban diez minutos. No tuvo respuesta de Ernesto, estaba al borde de una crisis nerviosa.
Regresó a su casa, y a partir de ese día su vida fue adquiriendo un perfil preocupante. No podía conciliar el sueño, no quería hablar con nadie, y hasta a veces rechazada a su vecino Don Fermín a pesar que la leche que vendía nuevamente pertenecía a las vacas de Don Fermín.
Una discusión menor con un cliente , que alegaba que ésta contenía agua finalizó con Ernesto en la cárcel, ya que la advertencia del delegado policial había sido bien clara. Tuvo urgente que viajar su sobrino Esteban para pagar una fianza y lograr la libertad provisional de Ernesto. Días después un sujeto con tragos le gritó en la vía pública a Ernesto ahí andás como el caracol, cachudo y baboso. Ernesto bajó del carretón, furioso y apaleó al borracho.
Los hechos se desencadenaron de manera sorprendente, estuvo Ernesto tres días en la cárcel y luego directo al hospital siquiátrico, como reincidente.
Don Fermín indagó posteriormente (porque las vacas le pertenecían), que el cliente que acusaba a Ernesto de vender leche con agua , y el supuesto borracho eran la misma persona y que ambas acciones habían sido encomendadas por Luisa, la que había pagado por adelantado la cruel acción.
Las cosas en el hospital se habían complicado porque el Jefe de la Sala que había llevado el caso de Ernesto había fallecido recientemente. Pasaron dos años en los que Ernesto siguió siendo tratado como enfermo mental.
Un día de tantos le dieron el alta, ya podía regresar. Con algún dinerito que había ahorrado se fue a un baño sauna y salió como nuevo. Ese día invitó a Esteban a almorzar y comieron su plato favorito pollo asado y ensalada de frutas como postre. Se despidieron porque Esteban tenía un caso de litigio de propiedad. Acordaron verse a las seis de la tarde para arreglar su viaje de regreso.
Ernesto aparentaba estar bien, con equilibrio mental, pero las crisis de depresión lo perseguían hacía mucho tiempo. Compró un galón de gasolina y en un baño público se roció y luego la encendió. Ahí finalizó su dramática vida que al fin y al cabo alcanzó la luz pública porque también quedó hecho cenizas el edificio en donde estaba el baño público.
De Luisa no hay mucho para hablar ya que después que la esposa de Don Danilo encomendó a tres matones darle aquella brutal paliza y quemarle el carro, no tuvo más remedio que volver a sus orígenes, quizás con la lección aprendida que no está mal tener aspiraciones de un mundo mejor, pero que sí es malo, muy malo sustentarlo en la traición y en la destrucción de un ser humano que aunque tenía limitaciones era noble y honrado.
Esteban no dejó las cosas así. Aprovechando el interés de los periódicos por la muerte de Ernesto, hizo su primer denuncia pública, en la que incluso se mencionaba con responsabilidad indirecta a don Luciano. Don Luciano leyó atentamente la entrevista y localizó a Esteban y le ofreció todos los recursos que necesitara para el esclarecimiento de la muerte de Ernesto.
Una vez que Esteban reconstruye toda la ruta de los acontecimientos se citan a los testigos y comienzan a aparecer más evidencias.
Don Danilo en la desesperación fue en realidad quien planificó el atentado contra Luisa, utilizando a su propia esposa. Lo que no sabía la esposa que si se eliminaba a Luisa el resto de las tierras pasarían automáticamente a manos de Don Danilo, ya que los niños (a los que pertenecía la tierra) actualmente llevaban su apellido.
Luego de acusaciones y contra acusaciones, alguien se hizo la pregunta ¿ cuál podría ser el verdadero interés de Don Danilo de apoderarse de manera fraudulenta de 500 manzanas cuando el poseía varios miles en distintas regiones del país?. Era una excelente pregunta. Don Fermín que había permanecido callado hasta el momento llama a Esteban para decirle que a el le parecía haber oído a uno de los capataces de Don Danilo que por ahí pasarían tres carreteras nuevas.
Esteban se comunicó de inmediato con Don Luciano y efectivamente eso era cierto. Don Luciano como ex diputado había estado siempre en la comisión de infraestructura y toda la documentación la llevaba para la finca para estudiarla con calma. Esa es la razón por la que Don Danilo se enteró de los planes de infraestructura del futuro. Lo demás lo hizo por medio de tráfico de influencias en otras instancias.
Poco a poco se armó el rompe cabezas, con la ausencia de Don Danilo que había abandonado el país por una supuesta dolencia cardíaca. Fue así que se supo que por las tierras de Don Danilo pasarían más de 20 kilómetros de una de las carreteras, y que en la finca de Ernesto habría un troncal de las tres nuevas carreteras que sustituirían a las antiguas que bordeaban los cerros y éstas los atravesarían. El puente para dar continuidad a la carretera del troncal se levantaría precisamente en el río de la finca de Ernesto.
No eran entonces los ojos negros de mirada chispeante de Luisa, ni su pelo suelto, ni sus exuberantes caderas , era el señor dinero.
Todos los bienes regresaron a los niños y se les nombró como albacea a Esteban por considerar que Luisa no estaba en condiciones de asumir tal responsabilidad.
Pasados los años y mientras hablaba con Esteban éste me miró con una especie de complicidad, quiero, dijo, mostrarle algo que ni mi esposa sabe que está en mi poder.
Esteban recordó que Ernesto siempre desclavaba el taco del zapato y ponía dinero u otras cosas en ellos, por temor a que se los robaran en el hospital. Decidió entonces algún tiempo después de la muerte de Ernesto proceder en su búsqueda. En uno de ellos, que por cierto los dejó en su casa el último día que se vieron, encontró casi sellada en la suela del zapato del pié derecho un foto que le había tomado, justamente Esteban a sus hijos. Detrás de la foto en letra de imprenta decía, casi a manera de epitafio: “Ustedes son inocentes, pero un día sabrán la verdad, porque Diosito todo lo puede, y aquí en la tierra Esteban también lo puede, pero no tiene poder ni dinero para descubrir a los culpables”. Los quiero mucho hijitos. Un beso Papá.
Dicho esto, Esteban asumió nuevamente su rol de abogado, y se despidió porque era su primer día de clase como Catedrático de Derecho Civil.


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