viernes, 11 de febrero de 2011

Nuestros olvidados de la frontera

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Nuestros olvidados de la frontera


Por: Cartas de los Lectores14 julio de 2009

Por Juan Carlos Santa Cruz
juancarlos3347@hotmail.com


A propósito de la reciente resolución de la Corte Internacional de Justicia sobre el diferendo entre Nicaragua y Costa Rica acerca de los derechos de navegación sobre el Rio San Juan, me permito hacer la siguiente reflexión que nos debe alertar sobre la dramática realidad de nuestros hermanos de los bordes fronterizos.

Para los casi olvidados habitantes del borde fronterizo la vida cotidiana transcurre con una lógica administrativa diferente del resto de la población del país.

Las estrategias de sobrevivencia les llevan a atravesar las fronteras una y otra vez, sin más novedad que el manejo del dinero. Tienen amigos, familiares y hasta negocios en el país vecino. Son nicaragüenses que constituyen el primer bastión de identidad y soberanía nacional.

Las políticas gubernamentales en poco o casi nada llegan a ellos. En las clases de geografía los bordes fronterizos son vistos casi como un dato, de paralelos, mojones, tratados, aduanas, ríos y lagos. Nuestras poblaciones fronterizas son como una especie de "olvidados de la tierra" y constituyen claramente una expresión de vulnerabilidad en todos los planos, particularmente en lo social, político y económico.

Como es lógico, sobre ellos repercuten siempre las decisiones gubernamentales, particularmente en situaciones de tensión con países vecinos, tal es el caso de la dictadura hondureña.

Ellos, en tanto humildes habitantes de un amplio borde fronterizo, en su mayoría ignoran los argumentos del gobierno de Nicaragua cuando hay disputas fronterizas porque el quehacer institucional brilla por su ausencia en tales lugares.

En cambio, su único medio de información lo constituyen las radios, periódicos y hasta televisión de los países vecinos. La identidad nacional no es un espejismo, hay que alimentarla y nutrirla, porque necesariamente tiene que constituir un punto de certidumbre que enorgullece y moraliza.

La pobreza y extrema pobreza en los bordes fronterizos forman parte de la vulnerabilidad económica que desemboca en desocupación, trabajo infantil, contrabando, despersonalización, y hasta trasiego de armas, drogas e indocumentados.

Ligado a lo anterior está la desarticulación familiar e incluso la descomposición social en la que la prostitución de niñas y adolescentes no está ajena. A estas alturas, las migraciones son un lugar común que sólo trascienden en las deportaciones.

Estamos a tiempo de sensibilizarnos, de enfocar nuestras miradas y recursos presupuestarios para implementar políticas de inversión social. Seamos realistas, y hagamos que las obras de paz y progreso se focalicen en estos pobladores fronterizos. No se nos olvide que es en ellos en donde está el termómetro de la situación real.

A veces solemos pensar que las fronteras están únicamente en las aduanas, cuando ellas son solamente una instancia administrativa de los gobiernos. La exclusión social es mala consejera.

Nicaragua no es únicamente el mundo urbano y sus adyacencias. Nuestras poblaciones del borde fronterizo constituyen viva expresión de identidad y soberanía nacional. Ellos son nuestros hermanos, y como tales no los podemos dejar en el desamparo.

Es tiempo de globalizar la sensibilidad humana y dar un buen paso para contrarrestar los sinsabores de estos pobladores que han sido víctimas históricas de los que han gobernado en los últimos 15 años con criterios excluyentes.

Estamos a tiempo de despertar en un nuevo día de verdad, sin niños analfabetos, y con adultos abandonando las hamacas del desaliento para construir el futuro con su manos, conscientes de que son nicaragüenses y que el ser nicaragüenses les llena de orgullo y satisfacción.

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